jueves, 13 de enero de 2011

FRUCTUOSO RIVERA EXAMINADO


El 13 de enero de 1854, en el modesto rancho de Bartolo Silva a orillas del arroyo Conventos en el departamento de Cerro Largo, fallecía el fundador del partido colorado. Caudillo por antonomasia, su vida constituyó una de las sagas existenciales más ricas en perfiles humanos, políticos y sociales de nuestra historia. Ningún otro personaje de nuestro siglo XIX debió cortar tantos nudos gordianos –la expresión es del historiador Oscar Padrón Favre-, a veces en forma razonada y con el concurso de ministros competentes o amigos fieles, pero otras casi a lomo del caballo. De allí que sus acciones hayan merecido el juicio de tantos contemporáneos, así como el examen de historiadores y hombres de pensamiento. Expongamos brevemente algunos de ellos.

MAGNANIMIDAD
“No cae sobre la memoria del general Rivera una gota de sangre que no haya sido vertida en el campo abierto de la lucha. De todos los caudillos del Río de la Plata, contando lo mismo los que le precedieron que los que vinieron después de él, Rivera fue el más humano: quizá, en gran parte, porque fue el más inteligente. En lid con enemigos desalmados y bárbaros, nunca fue capaz de una represalia cruel. Aquel inmenso corazón belicoso era un inmenso corazón bondadoso. Había para él una satisfacción aún más alta que el goce de vencer, y era el goce de perdonar. La fiereza heroica irradiará, con deslumbradora profusión, del bronce de su estatua, pero la clemencia templará el ardor de esa violenta luz con un velo de suave simpatía. (…)
Patriarca de los tiempos viejos; caudillo de nuestros mayores; grande y generoso Rivera…”.
(José Enrique Rodó, “El mirador de Próspero”, “Perfil de Caudillo”)

“El prisionero que caía en su poder, estaba seguro de oír palabras afectuosas, de recibir los socorros que pudieran dulcificar su posición. Jamás en la división Rivera un prisionero sufrió el Zepo de Lazo; jamás un subordinado al General Rivera pudo permitirse el insulto o la violencia contra el enemigo inerme. El dinero, la ropa del General se repartió muchas veces entre los prisioneros. (…) Los anales del General Rivera no tienen sangre sino en el combate. Abajo, sus enemigos lo han llenado de ultrajes, le han ofendido en lo que el hombre tiene de más caro. Arriba, jamás se ha acordado de esto y teniendo en sus manos, a sus más tenaces enemigos les ha dejado la vida, les ha vuelto la libertad, no les ha hecho sufrir ni ultrajes ni violencias”.
(Melchor Pacheco y Obes, “Notas sobre los partidos en el Estado oriental y sobre el General Rivera”)

“…alma grande con que la naturaleza lo había dotado, para perdonar a sus más encarnizados adversarios”
(Carta de Manuel Basilio Bustamante a José Ellauri, 3 de febrero de 1854)

POPULARIDAD
“Era un hijo auténtico de la revolución con las virtudes y los defectos inherentes a la época y al medio en que había formado su personalidad. Nadie más eficiente que él cuando se trataba de sublevar a las masas, de infundir en ellas un sentimiento colectivo. Su dominio del escenario geográfico que lo convertía en el primer baqueano del país, el conocimiento de los hombres adquirido en largos años de correrías, le permitían abarcar el conjunto de la vida nacional”
(Juan Pivel Devoto, “Historia de los partidos políticos y  las ideas en el Uruguay”)

“Preparada de antemano por emisarios enviados semanas antes desde Buenos Aires, la pequeña hueste vio aumentada su número con sucesivas incorporaciones; entre ellas la de Rivera, a la sazón Comandante General de la Campaña al servicio del Brasil, ocurrida el 27 de abril en el dramático episodio de las proximidades del arroyo Monzón.
La incorporación de Rivera procuró a la Cruzada la paulatina adhesión de las gentes de la campaña –pequeños hacendados y peones- donde aquel había aumentado su prestigio en tiempos de la “Patria Vieja”, y durante la dominación luso-brasileña que acató desde comienzos de 1820”
(Alfredo Castellanos, “La Cisplatina, la independencia y la república caudillesca”; el autor se refiere a la cruzada de los “33” en 1825)

“Dividido el país en dos campos, no pudo desde luego haber duda sobre la posición de la mayoría.
Con el general Lavalleja estaba el centro de la ciudad de Montevideo, y la casi totalidad de los jefes y oficiales de línea formados para la guerra.
Con el general Rivera estaba la campaña, las clases desacomodadas de la ciudad, la tropa de los cuerpos de línea.
Es que el general Rivera ha vivido siempre de la vida del pueblo, siempre ha marchado con el pueblo, y ha hecho mucho por el bienestar del pueblo”
(Melchor Pacheco y Obes, ob.cit.; el autor se refiere a la composición de los partidos al comienzo del Uruguay independiente)

SU ACTITUD EN 1820
“No es cierto el cargo de que se le acusa de haber hecho traición a Artigas, después de haberle servido con celo, y cuando lo vio abandonado por la fortuna. Entonces hizo un gran servicio a su patria, cesando de oponer una resistencia inútil y sin ningún objeto laudable a los portugueses, y no merece culpársele por haber cedido al voto de todas las personas, que en la ciudad representaban al partido patriota, de cuyos miembros se componía la municipalidad, a la cual se debe todo el honor o vituperio de esa negociación…”
(Ramón Masini, “Rivera y la Constitución de la República oriental del Uruguay”)

“A fines de 1816…aprovechándose la Corte del Brasil de las disensiones que prevalecían entre Buenos Aires y la Banda Oriental, envió un ejército mandado por el general Lecor a invadir a esta última provincia, el cual, con el apoyo de una fuerza naval considerable, tomó posesión de Montevideo, El país, sin embargo, continuó manteniendo su independencia con gran bizarría hasta 1820, cuando el desgobierno de Artigas disgustó al pueblo, que se desalentó en la causa. Derrotado Artigas, el coronel don Fructuoso Rivera, que mandaba el único cuerpo restante de orientales se vio obligado a capitular con los portugueses”.
(Guillermo Brown, “Memorias”)

“Que el solo quedó peleando con 300 hombres en la Provincia, y que ellos (sus acusadores) por patriotas sin duda, lo abandonaron, y se fueron a diferentes partes. Que, ¿qué hubiera sido de la Provincia, si él, en el último caso, no hubiese sabido sacar ventajas de esta cruel situación, haciéndoles creer que seguía sus ideas, para estar así en actitud de evitar la devastación del país y la persecución y ruina de sus habitantes?”.
(José Brito del Pino, “Memorias”)

     "...se encontró alguna resistencia en los comandantes de Artigas, pero todos fueron sucesivamente deponiendo las armas: el que se presentó más obstinado, y costó mucho trabajo reducirlo fue el comandante Don Fructuoso Rivera: era también el de más crédito; pero al fin entró en la transacción, y se firmó un tratado de pacificación."
     (Tomás de Iriarte, "Memorias")

LA CAMPAÑA DE 1831 CONTRA LOS CHARRÚAS
“Esta expedición vino a ser una redada de elementos de mal vivir en la que cayeron los charrúas, no porque se los considerara como tales, sino porque formaban una colectividad montaraz, estancada en el más oscuro de los primitivismos, desdeñosa de la ley, temible por sus incursiones y reacia a los planes de trabajo y convivencia pacífica que demandaban las necesidades del país. Vale decir entonces que cualquier Gobierno llamado a regir los destinos de la República, habría tenido que abocarse a la reducción de aquellos indígenas como etapa previa al logro del bienestar nacional. (…) Comparada pues con las que se cumplieron en el período colonial, la campaña de 1831 está respaldada por los mismos argumentos, y merece idénticos reparos. (…) dentro del marco de sus posibilidades don Frutos salvaguardó la vida de los prisioneros, sin distinción de sexos y edades, gesto tan suyo como desusado en América toda vez que se cumplían operaciones contra indios salvajes”
(Eduardo Acosta y Lara, “La guerra de los charrúas”)

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